Esta semana en mi post quiero hablaros de la importancia del amor. De ese amor que es capaz de trascender en el tiempo. Ese amor verdadero, auténtico, ese amor que te acompaña durante toda la vida. ¿Habéis sentido alguna vez ese amor? No quiero que penséis solo en el amor de pareja sino también ese amor a un amigo o amiga del alma, a tus progenitores o a tus hijos. ¿Ya sabéis de qué os hablo, verdad?

Y, para continuar reflexionando acerca del amor, os voy a reproducir una historia que he leído, de la que desconozco el autor, y que me ha encantado. Se llama, ‘La mariposa blanca’.

 “Había una vez en Japón un anciano cuyo nombre era Takahama. El anciano vivía desde su juventud en una pequeña casa que él mismo había construido junto a un cementerio, en lo alto de una colina. Era un hombre amado y respetado por su amabilidad y generosidad, pero los lugareños a menudo se preguntaban por qué vivía en soledad al lado del cementerio y por qué nunca se había casado.

Un día el anciano enfermó de gravedad, estando cercana ya su muerte, y su cuñada y su sobrino fueron a cuidarle en sus últimos momentos y le aseguraron que estarían junto a él todo lo que necesitara. Especialmente su sobrino, quien no se separaba del anciano.

Un día, en que la ventana de la habitación estaba abierta, se coló una pequeña mariposa blanca en el interior. El joven intentó espantarla en varias ocasiones, pero la mariposa siempre volvía al interior, y finalmente, cansado, la dejó revolotear al lado del anciano.

Tras largo rato, la mariposa abandonó la habitación y el joven, curioso por su comportamiento y maravillado por su belleza, la siguió. El pequeño ser voló hasta el cementerio que existía al lado de la casa y se dirigió a una tumba, alrededor de la cual revolotearía hasta desaparecer. Aunque la tumba era muy antigua, estaba limpia y cuidada, rodeada de flores blancas frescas. Tras la desaparición de la mariposa, el joven sobrino volvió a la casa con su tío, al que se encontró muerto en el lecho.

El joven corrió a contarle a su madre lo sucedido, incluyendo el extraño comportamiento de la mariposa, ante lo que la mujer sonrió y le contó al joven el motivo por el que el anciano Takahana había pasado su vida allí.

En su juventud, Takahana conoció y se enamoró de una joven llamada Akiko, con la que iba a casarse. Sin embargo, pocos días antes del enlace la joven falleció. Ello sumió a Takahama en la tristeza, de la que conseguiría recuperarse. Pero, sin embargo, decidió que nunca se casaría, y fue entonces cuando construyó la casa al lado del cementerio con el fin de poder visitar y cuidar todos los días la tumba de su amada. Y en su recuerdo expresar su amor a todas las personas que se cruzaran en su vida.

El joven reflexionó y entendió quién era la mariposa, y que ahora su tío Takahama se había reunido al fin con su amada Akiko.”

Esta maravillosa historia, de origen japonés, habla de ese amor que trasciende. Ese amor que -cuando lo sentimos- nos empuja a ser mejores personas porque nos hace pacientes, comprensivos, tolerantes. Porque cuando sentimos amor hacia otra persona, damos lo mejor de nosotros mismos, sin plantearnos ni siquiera si nos cuesta mucho esfuerzo o si esa otra persona nos corresponde de la misma manera.

En este post quiero invitaros a repartir amor. Porque no quiero que esperemos hasta Navidad para hablar de amor. Quiero que hablemos de amor cada día, todos los días del año. Y no es necesario esperar al cumpleaños, al Aniversario, a una celebración, para demostrar amor… ¡hay que vivirlo a diario!

A menudo, cuando doy una conferencia, os hago esta misma pregunta: ¿Hace cuánto tiempo que no abrazas a tu madre? Y hoy, quiero ir más allá, ¿hace cuánto tiempo que no das un abrazo sincero? ¿Un abrazo cariñoso? ¿Un abrazo de amor hacia alguien? ¡Sí! Los que me conocéis ya sabéis de qué abrazos os hablo… esos en los que te llenas del otro y en el que llenas al otro de tu amor.

¡No esperéis más! ¡Dadlo! ¡Aprovechad cualquier momento del día para demostrar y repartir amor! El amor se puede dar de diferentes formas: prestando atención, escuchando, consolando, resaltando del otro lo que te gusta, reconociendo el esfuerzo, demostrando cariño sincero, repartiendo sonrisas, sabiendo perdonar… Porque os sentiréis mejores personas y haréis también que todos a vuestro alrededor se sientan mejor.

Y ya sabéis que el amor que repartes vuelve a ti multiplicado. Y entonces ¡te sientes rico! Porque el amor es lo que hace que vivir valga la pena, es la verdadera riqueza del ser humano, la huella que dejará cuando se vaya.

¿No creéis que es mejor elegir vivir la vida desde el amor? Cada momento vivido desde ese sentimiento es un regalo porque el amor te ayuda a solucionar conflictos en el día a día, en el trabajo, con los amigos, con la pareja, con la familia… todo es más fácil de arreglar si se hace desde el punto de vista del amor. Os pido que hagáis la prueba. Cuando viváis un conflicto con un amigo pensad qué es más beneficioso, qué puede ayudar a resolver ese mal momento… Siempre, siempre… es mejor actuar desde el amor, desde el entendimiento y la empatía hacia el otro ¿no os parece?

¿Os atrevéis a vivir la vida desde el amor? ¿Os animáis a demostrar amor cada día?