La felicidad. Esta semana en el post vamos a hablar de la felicidad. ¡Tan difícil de definir para muchas personas y, a la vez, tan deseada por todas! ¿Cuál es el secreto para llevar una vida feliz? Desde ¡ya! os puedo adelantar que no existe una única manera de ser feliz. La felicidad es muy personal y dependerá de las expectativas y del momento de cada uno.

Voy a comenzar este post con resumen de un maravilloso cuento de Jorge Bucay que me parece muy ilustrativo para hablar sobre la felicidad:

“Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente que era muy feliz. Todas las mañanas llevaba el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares.

Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó a llamar y le preguntó:

  • ¿Cuál es el secreto de tu alegría?
  •  No hay ningún secreto, Alteza.
  • No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
  • No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto , no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, tenemos vestido y alimento, y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no he de estar feliz?
  • Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar -insistió el rey- ¡Nadie puede ser feliz por esas razones que das!
  • Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo este ocultando…
  • ¡Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No conseguía explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.¿Por qué es feliz?, se preguntaba

  • Lo que sucede Majestad es que el paje está fuera del círculo.
  • ¿Y eso es lo que lo hace feliz?
  • No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
  • ¿Y cómo salió?
  • ¡Nunca entró!
  • ¿Y qué círculo es ese?
  • El círculo del 99.
  • No te entiendo.
  • Se lo mostraré con hechos, haré entrar al paje en el círculo. Si le damos la oportunidad, el entrará solito, solito.
  • ¿Y no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?, dijo el Rey.
  • Se dará cuenta, pero no podrá evitar entrar.

El Rey no podía entender qué le haría entrar en un círculo en el que sabía que sería infeliz….

  • ¿Está dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?, le dijo el sabio. Pues esta noche debe tener preparado una bolsa de cuero con 99 monedas de oro…ni una más ni una menos ¡99!

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se dirigieron y se ocultaron en la casa del paje en la que permanecieron hasta el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: “Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste.” Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeo y volvió a esconderse.

Cuando el paje salió, el sabio y el Rey espiaban desde atrás de unas plantas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta, y entró en la casa, mientras el Rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena.

El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro!

Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de a vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis…y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60…. hasta que formó la última pila con 9 monedas.

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa. “No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

¡Me robaron -gritó- me robaron, malditos!!

Una vez más buscó por todas partes sin encontrar la moneda que le faltaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro “sólo 99″. “99 monedas, es mucho dinero”, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo -pensaba- cien es un número completo, pero noventa y nueve, no.

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible gesto, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.

¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Pensó en trabajar más, en hacer trabajar a su esposa, en prescindir de ropa y de comida, en sacrificar los próximos 12 años de su vida hasta conseguir las 100 monedas para vivir feliz (…)

Mientras el paje seguía con sus preocupaciones, el rey y el sabio volvieron al palacio.

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de pocas pulgas.

  • ¿Qué te pasa?- preguntó el rey de buen modo.
  • Nada, respondió fríamente.
  • Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
  • Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente por no mandarlo a decapitar. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de tan mal humor.”

¿Cuántas veces nos pasamos la vida buscando la felicidad cuando, en realidad, ya la tenemos? ¿Cuántas veces posponemos la felicidad y la subordinamos a cosas materiales?

Seguro que en alguna ocasión habéis pensado… ¡cuando mis hijos crezcan llevaré una vida más tranquila! ¡Cuando me jubile podré vivir en esa casita soñada en el campo! ¡Cuando me den ese ascenso me compraré ese coche!… pensando en que todas esas cosas os harán más felices, olvidando o no prestando la suficiente atención a las cosas y a las personas que tenemos a nuestro lado que hacen que el día a día sea feliz, que sea único y esté lleno de momentos irrepetibles.  A veces nos pasa como al sirviente del rey, que no somos capaces de ver todo lo que ya tenemos para ser felices porque estamos preocupados buscando la forma de ser felices.

Y a veces, también, nos pasa como al rey… que tenemos todo lo material, pero no valoramos las cosas cotidianas que nos provocan felicidad y no comprendemos la felicidad del resto.

Mirad, la verdadera felicidad procede de nuestro interior, de nuestra actitud hacia la vida…podemos elegir cómo vivimos la vida.

Si ponemos pasión en todo lo que hacemos, conseguiremos momentos felices, porque estaremos viviendo nuestra vida al 100%, sin escatimar esfuerzo ni ilusión, sin miedo a equivocarnos, aprovechando el aprendizaje que nos llevemos de cada nueva tarea que emprendamos… tendremos una vida plena y ¡os aseguro! que una vida plena (con equivocaciones y aciertos, con logros y aspiraciones, con momentos buenos y no tan buenos…) es una vida feliz.

Si ayudamos a los demás, conseguiremos muchos momentos de felicidad al comprobar el bien que nuestra colaboración provoca en el resto.

Si practicamos el ocio activo en compañía de amigos o de nuestros seres más queridos, nos sentiremos felices y satisfechos… ¡hay tantas cosas con las que ser felices!

Esta semana os quiero invitar a VIVIR, en mayúsculas, y a disfrutar de cada momento del día (desde que nos levantamos hasta que nos acostamos), de aprovechar al máximo ese minuto del desayuno con vuestra familia, ese trayecto en autobús escuchando vuestra música preferida, ese compañerismo en el trabajo que hace que el proyecto salga adelante con éxito, ese café a media mañana que nos sabe tan bien… ¡hay tantas cosas en el día para disfrutar y sentirse feliz de estar vivo! ¿No os parece?

Y vosotros, ¿cuál es el secreto de vuestra felicidad? ¿Os atrevéis a descubrirlo?