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Había una vez un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera en una pintura dibujar la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron y presentaron sus obras en el palacio del rey, el gran día había llegado. El rey observo y admiró todas las pinturas, pero sólo encontró dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.   La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban  unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas lucía un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que reflejaba la paz perfecta.   La segunda pintura también tenía montañas, pero eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas, había un cielo furioso del que caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo, parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacifico.   Pero cuando el rey observó cuidadosamente, miró tras la amenazante cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto había un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el centro de su nido…   El pueblo entero se preguntaba qué cuadro de los dos elegiría el rey. El sabio rey escogió la segunda pintura, y explicó a la gente el porqué…   “Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz.”, explicó el rey.  

Este cuento, de autor anónimo, que adapto para iniciar mis conferencias me sirve para hacerte una pregunta. La única que me gustaría que me respondieras hoy:

Entre tanto bullicio, ¿ya has encontrado la verdadera paz del corazón?

Hace unas semanas os pedía parar, reflexionar, pensar, hacer un alto en el camino. Hoy os pido que, a pesar del estruendo, del estrés, de las preocupaciones o de las responsabilidades estéis en paz, satisfechos con vosotros mismos. ¡Ya sabéis, cansados, pero contentos!

Porque se trata de elegir si queremos estar en paz o si queremos dejarnos llevar por el bullicio, por el desaliento o el desánimo. Nuestra paz depende de nuestra actitud ante lo que nos rodea. Las cosas ocurren y muchas veces no podemos hacer nada por evitarlas, pero nuestro modo de afrontarlas sí que depende de nosotros. Y debemos ser como ese pajarillo, que se mantiene sereno, a pesar de la tormenta… Porque así encontraremos la paz perfecta y la contagiaremos a los que nos rodean.

¿Cuál es tu actitud?