Esta semana en mi post quiero hablar de estos conceptos: generosidad y responsabilidad. Porque creo que es importante reflexionar sobre ambos valores en una situación complicada como la que estamos atravesando en todo el mundo. Porque ambos conceptos están vinculados. Y porque siendo responsables estamos siendo generosos.

Y, para comenzar quiero poner algunos ejemplos de cómo ya se ha puesto en marcha la generosidad entre la ciudadanía de distintas zonas de nuestro país tras las primeras medidas adoptadas para intentar frenar el Coronavirus. Seguro que, como yo, habréis visto en Redes Sociales a ciudadanos que se ofrecían a sus vecinos con notas en sus portales para cuidar a los pequeños de la familia que tenían que permanecer en casa por el cierre de colegios. O a personas que se ofrecían a hacerles y llevarles la compra a los vecinos más mayores del edificio. No me canso de repetirlo: ¡Somos un país extraordinario!

No quiero olvidar en mi repaso por las acciones generosas que se están sucediendo estos días de todo el personal sanitario que trabaja sin descanso para cuidar a enfermos, las Fuerzas de Seguridad del Estado, las diferentes Policías Locales de toda España, los Bomberos, Protección Civil, los farmacéuticos, conductores de autobuses, taxistas, y todad las personas (que aún con el Decreto de Estado de Alarma) tienen que trabajar para hacernos un poco más fácil la vida, como todos los servicios logísticos, personal de supermercados, reparto, comedores sociales… ¡Qué lujo de profesionales! ¿No os parece?

Y os preguntaréis, ¿cómo puedo yo demostrar mi generosidad?

Primero quiero que hablemos del concepto de generosidad. ¿Qué es ser generoso?

-Ser generoso es ser capaz de darse sin pararse a pensar en lo que nos puede costar. Es ofrecer lo mejor de nosotros a los demás sin reparos. Y tengo una buena noticia. ¡Todos somos capaces de serlo! Porque todos, absolutamente todos, tenemos mucho que ofrecer.

Además, cuando somos generosos con los demás, cuando damos de verdad, lejos de empobrecernos, nos enriquecemos. ¡Os lo aseguro!

Os invito a que realicéis un ejercicio de reflexión acerca de la generosidad. Seguro que, en algún momento, habéis sido capaces de ayudar con vuestra generosidad a alguien, de realizar alguna acción en la que habéis dado lo mejor de vosotros mismos sin esperar nada a cambio, sólo por empatía o afecto… ¿Ya lo tenéis? Pues ahora, recuperar ese momento inmediatamente después… ¿Cómo os sentisteis? De eso es de lo que hablo cuando os digo que la generosidad nos hace ricos.

¿Y cómo puedo ser generoso en esta situación sanitaria que estamos atravesando?

Es importante observar a nuestro alrededor. ¿Qué necesitan los que nos rodean?

-Quizás esos mayores a los que no debemos visitar para evitar contagios simplemente necesitan una llamada de teléfono diaria. Que intercambien mensajes de tranquilidad con su familia.

-Tal vez, ese vecino más mayor necesita que le hagamos la compra -o la comida- y se la llevemos a casa.

-Quizás la generosidad es parar. ¡Sí, parar! Quedarnos en casa -los que tengamos posibilidad por el trabajo-, ralentizar un poco el ritmo frenético habitual, evitar esas salidas innecesarias, en definitiva, practicar esa responsabilidad social de dar ejemplo. Porque, en este caso, la responsabilidad hacia los demás, la empatía es el mejor ejemplo de generosidad y ¡sé que podremos hacerlo porque somos un país extraordinariamente generoso!

Mirad, hace unos días leía un post en Twitter en el que recordaban que el 11M de 2004 todos los ciudadanos que estaban en Madrid acudieron a donar sangre por los atentados de Atocha. Ahora la generosidad tiene otra cara: la de los sanitarios, la del vecino de enfrente, la de la cajera del super que te atiende amablemente o la del estudiante que dice que puede hacerse cargo de los niños mientras tú trabajas… Esta es ahora la verdadera generosidad.

Quiero terminar este post con la primera parte del cuento de “El viejo árbol”, perteneciente a la colección de cuentos cortos para educar en valores de la Asociación Mundial de Educadores Infantiles (AMEI-WAECE),

“Una soleada mañana un hermoso pajarillo decidió pararse en una de las secas ramas de un viejo árbol.

Mientras el ave limpiaba cuidadosamente su rojo plumaje, escuchó que el árbol se lamentaba:
-¡Qué triste me siento! ¡Antes era bello y frondoso, ahora sólo soy un montón de frágiles ramas! ¡A quién le importa un árbol que no da frutos! ¡Ni siquiera los niños quieren trepar por mi tronco!
-¿A qué se debe tanta desdicha?- preguntó el pajarillo al árbol.
-Pues verás, hace más de dos meses que los dueños de esta casa se fueron y desde ese día no he probado una sola gotita de agua, si no llueve pronto seguro que moriré.
-¡Oh! ¡Que triste! Quisiera ayudarte, pero no sé cómo, sólo soy un pequeño pajarillo.
-¿Crees que puedas traerme aunque sea un chorrito de agua fresca en tu piquito?, preguntó el árbol.
-¡Claro!- dijo el pajarillo- ¡Es una excelente idea!, voy a pedir ayuda a otros pájaros y juntos te refrescaremos ¡Ya verás!
-¡Muchas gracias pajarillo!- Exclamó el árbol.

Las palomas, los cenzontles, los jilgueros, las calandrias, y otras aves del lugar, se reunieron en el río y dirigidas por el pajarillo rojo llevaron en sus picos agua para el viejo árbol.

-¡Gracias! ¡Muchas gracias a todos! ¡Que feliz y vivo me siento!, dijo el árbol.

Todos los días los pájaros regaban con mucha generosidad al árbol. Poco a poco el viejo árbol recuperó su color, miles de hojas volvieron a crecer entre sus ramas y su tronco se hizo cada vez más fuerte. Todo él volvió a estar lleno de hermosas y fragantes flores que pronto se convirtieron en jugosas manzanas. ¡Qué bello! El árbol volvió a sentirse vivo y frondoso.

La hermosura y presencia que el árbol daba al patio en el que vivía provocó que la casa nuevamente fuera habitada. Todos los días la señora de la casa regaba al árbol y éste cada vez estaba más resplandeciente…”

Ahora, te propongo un reto:

¿Demostramos de nuevo que somos un país extraordinario, lleno de gente extraordinaria y ejemplo de generosidad?