Hoy quiero reflexionar sobre la empatía como valor fundamental para cuidar una amistad. En esta semana en la que hemos lanzado mensajes en las Redes Sociales sobre la amistad, me ha parecido importante hablar de la forma en la que tratamos a nuestros amigos, de cómo los cuidamos y de cómo no hay que dudar en reconocer y admitir en ocasiones que nos hemos equivocado. Llegados a este punto, os lanzo unas preguntas: ¿Qué hacéis para cuidar a vuestros amigos? ¿Sois capaces de poneros en su lugar cuando pasan por un mal momento? ¿Os cuesta entender sus razones cuando no coincidís con ellas?

Para reflexionar acerca de la empatía y de la amistad he buscado una historia que se llama ‘El saco de plumas’:

“Cuentan que una vez hubo un hombre que, roído por la envidia ante los éxitos de su amigo, profirió hacia él grandes calumnias. Tiempo después, se arrepintió de la ruina que había ocasionado a su amigo con sus calumnias, y fue a confesarse a la Iglesia. Una vez en el confesionario, le preguntó al sacerdote:

  • “¿Cómo puedo reparar todo el mal que he hecho a mi amigo? ¿Qué puedo hacer?”

A lo que el sacerdote le respondió:

  • “Tome un saco lleno de plumas y suéltelas por donde vaya. Una vez que lo haya hecho, vuelva a visitarme”

El hombre, muy contento ante aquel mandato tan fácil, salió rápido fuera de la ciudad en busca de una granja, y una vez que hubo conseguido el saco lleno de plumas, regresó a la población, y sin esperar ni un minuto más, empezó a pasearse por las calles lanzando al aire, en todas direcciones las plumas que llevaba en el saco. Una vez que lo hubo vaciado del todo, volvió a la Iglesia en busca del sacerdote con el que se había confesado y lleno de satisfacción le dijo:

  • “Padre: ya he hecho lo que me mandó esta mañana”.

Pero cual no fue su sorpresa, cuando el sacerdote le dijo:

  • “No hijo, esa es la parte más fácil. Ahora debe volver a las mismas calles en las que las soltó, e ir recogiéndolas una por una, hasta que vuelva a tener el saco lleno, y luego vuelva a verme”.

El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba. Y por más empeño que puso no pudo juntar casi ninguna. Al volver a la Iglesia al día siguiente, se lo explicó al sacerdote con una profunda pena y un verdadero arrepentimiento, pero éste le dijo:

  • “Así como no pudo juntar las plumas que soltó porque se las llevó el viento, de la misma manera la calumnia que lanzó contra su amigo voló de boca en boca y su amigo jamás podrá recuperar del todo la fama, la reputación que le quitó″.

Lo único que puede hacer es pedirle perdón a su amigo, y hablar de nuevo con todas aquellas personas ante las que lo calumnió, diciéndoles la verdad, para reparar así en la medida de lo posible el daño que le ha causado a su amigo y para tratar de restituir en la medida que pueda su fama, su reputación”.

En ocasiones, no nos damos cuenta del daño que podemos hacer cuando hablamos sin pensar y nos lanzamos a opinar sin reflexionar, sin saber lo que está pasando ese amigo. Sin ponernos en sus zapatos. ¡A todos nos pasa! No siempre reflexionamos ni pensamos lo suficiente… son momentos de enfado, de celos (como en el caso del cuento) o de ira en los que perdemos el control de nuestras emociones. ¿Y si en lugar de llegar a ese punto nos paramos a pensar si lo que vamos a decir es constructivo, si sirve para algo, si va a mejorar la situación?

Cuando, a pesar de todo, y casi sin darnos cuenta decimos esa frase que puede empeorar la situación… ¿qué podemos hacer?

Lo fundamental es que nos demos cuenta de la situación que hemos provocado. “¿Por qué he dicho eso? ¡Y encima a esa persona a la que tanto quiero! ¡Si es mi amigo!” Seguro que os ha sucedido alguna vez: ¡Pues enhorabuena! Porque, al menos, cuando hacemos esta reflexión es que nos hemos dado cuenta de que no hemos actuado como debíamos… Y ese es el primer paso para mantener nuestra amistad.

“Y ahora, ¿qué hago? ¿Cómo puedo resarcir esa situación incómoda que se ha producido?” El paso siguiente es mostrar abiertamente que la amistad está por encima de un enfado o de una discrepancia de opiniones y que eres capaz de ponerte en el lugar de tu amigo y entender su punto de vista, aunque no coincidas o no lo compartas.

Y la tercera pregunta: “¿Se puede volver la situación de partida? ¿Puede volver a ser todo como antes?” ¡Claro que sí! La amistad verdadera lo puede todo. Si eres sincero, si te comportas de una manera empática, si trabajas por entender las razones de la otra persona… entonces se trata de una verdadera amistad y podrá soportar esta prueba.

Pero lo fundamental es que, cuando se producen este tipo de situaciones, aprendamos la lección, que sepamos que no podemos juzgar a nuestros amigos por algo con lo que no comulgamos, que, por una reacción inadecuada, estamos poniendo en peligro esa maravillosa relación de amistad con nuestra familia escogida, con nuestros amigos del alma. Si aprovechamos este aprendizaje seguro que, la próxima vez nos pararemos unos minutos a pensar antes de hablar sin pensar en el otro y, más aún, si ese otro es nuestro amigo.

Y vosotros, ¿cómo cuidáis a vuestros amigos?