Esta semana quiero dedicar el post a la humildad, esa virtud que tanto cuesta, a veces, adoptar, pero que es tan valorada por los que nos rodean. Y, como siempre, para comenzar os pido que reflexionéis acerca de esta pregunta:

  • ¿Sabéis comportaros con humildad?

Y, para ayudaros a contestar, he recuperado un cuento que leí hace unos años y que me parece fantástico para hablar de esta forma de ser y de actuar: la humildad. Es la historia de un mendigo y un rey…

“Había una vez… un Rey, que era muy querido y respetado por su pueblo, que solía pasear por calles y plazas de su reino. En uno de esos paseos, el Rey se fijó en un mendigo que estaba tirado en una calle, en medio de unos sucios harapos. Preguntó por él a su acompañante, y éste le informó que era un sabio, que se encontraba en ese estado de abandono, por un desengaño amoroso.

El Rey se acercó al mendigo con el objetivo de comprobar su sabiduría y le preguntó:

– ¿Qué convendría sembrar en esta época, maíz o trigo ?

–  Sin ninguna duda, maíz, Alteza.

– ¿Qué dará más ganancia, el ganado porcino o el lanar?

– Ciertamente, el porcino, Majestad.

El Rey siguió los consejos del mendigo, y ese año tuvo una extraordinaria cosecha de maíz, como hacía muchos años que no la tenía. Y lo mismo le sucedió con los cerdos, que dieron una gran ganancia a todo el reino.

Decidido, el Rey hizo llevar a Palacio al sabio y lo convirtió en el asesor principal de todos los asuntos del reino. Lo vistió con lujosos trajes y lo sentó a su mesa en un lugar preferencial. Esto, como era de esperar, despertó la envidia de los demás asesores, que se sintieron relegados y  se dedicaron a buscar algún motivo que les permitiera denunciar al sabio y sacarlo de Palacio.

Observaron cómo al caer la tarde, cada día, el sabio, iba a una choza, apartada del Palacio. Ahí, el mendigo se despojaba de sus ricos ropajes y se volvía a poner sus antiguos harapos. Luego se acostaba en el suelo sobre un lecho de paja.

Por la mañana, el mendigo se volvía a poner sus ricas vestimentas y volvía a Palacio, al lado del Rey.

Los envidiosos asesores, sospechaban que iba a encontrarse con alguien y que estaba preparando un complot contra el Rey al que se lo hicieron saber. Éste, para salir de dudas, aunque muy triste, decidió seguirlo guiado por los asesores.  Así lo hizo y entró sorpresivamente en la choza.

  • ¿Qué estás tramando? ¿Con quién te encuentras aquí todas las tardes?, gritó el Rey.

El sabio estaba arrodillado en medio de los sucios harapos y respondió presuroso al Rey.

  • Vengo aquí todas las tardes, para ver estos sucios trapos y no olvidarme de dónde vengo. No quiero que estos trajes lujosos me conviertan en un ser orgulloso y soberbio.

El Rey lo abrazó emocionado, y volvieron juntos al Palacio contentos y en paz.”

¡Qué difícil es, a veces, actuar con humildad! ¿Verdad? Y más difícil todavía mantenerse en esta actitud humilde en determinadas situaciones. Pero ¿sabéis lo que decía Tagore?, que “cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande”. ¡Y es así! ¿No os parece que la actitud humilde del sabio de la historia que os acabo de narrar le hizo todavía más grande? ¡Yo creo que sí!

Y llevado a la vida real… Pensad un poco en las personas con algún tipo de poder que se han cruzado con vosotros por la vida. Personas de todo tipo, jefes en vuestro trabajo, expertos en cualquier campo, incluso, personalidades famosas. Habrán tenido distintas actitudes, pero ¡seguro! que las que hayan adoptado una actitud humilde ¡os habrán dejado huella! ¿Me equivoco?

¡Y no! La humildad no es sinónimo de inseguridad ni de sentirse inferior a nadie, ¡al contrario!, una persona humilde es la que se conoce, se valora, y sabe de lo que es capaz, comparte su conocimiento con los demás, sin estridencias, con generosidad, y lo que, sobre todo, le defines es que: ¡No duda en pedir ayuda cuando lo necesita! La persona humilde -al contrario de lo que pueda parecer- es mucho más fuerte que la persona orgullosa…Porque el orgullo mal entendido es sinónimo de inseguridad, de debilidad… una pose para parecer ‘alguien’ frente a los demás, aunque sea minusvalorando la valía de los otros y creyéndose mejor que ellos. Mientras, que actuar de forma humilde supone querer sacar lo mejor de nosotros mismos, porque presupone que no somos perfectos, que no lo sabemos todo… Por lo tanto, conlleva una actitud de aprendizaje… porque estamos dispuestos a pedir ayuda para aprender, tenemos los ojos y la mente abierta a nuevas experiencias y a nuevos conocimientos que nos vengan de la mano de otros.

¿Y cómo podemos actuar con humildad?

En primer lugar, conociéndonos y aceptando nuestras limitaciones, pero estando abiertos a nuevos aprendizajes. Porque sólo desde la aceptación de nuestros límites podremos dar paso a lo que los demás pueden enseñarnos.

En segundo lugar, agradeciendo. ¡Sí! De nuevo el agradecimiento es una parte fundamental. Porque debemos agradecer a los demás lo que hacen por nosotros…lo que nos enseñan, cómo nos ayudan a seguir y a superar esos límites.

En tercer lugar, actuando con sencillez y sin necesidad de aparentar, por ejemplo, lo que no somos o lo que no tenemos…Desde esa tranquilidad, ¡la vida es mucho más fácil!

Y, por último, no olvidando ¡nunca! los obstáculos que hemos tenido que superar para estar en el lugar en el que estamos en el presente y recordando nuestros inicios desde un sentimiento de orgullo personal por lo conseguido, pero sin creerse que esto nos hace ser mejores que los demás, al igual que el sabio de la historia… Porque sólo así podremos comprender y ayudar a otros ‘con humildad’.

¿Os animáis a adoptar la ‘humildad’ como una actitud en vuestra vida?