Esta semana en el post quiero que hablemos de la reflexión, de pensar las cosas, de tomar distancia de lo que nos ocurre antes de tomar una decisión sobre alguien o sobre algo. Y empiezo con una pregunta: ¿Cuántas veces os habéis arrepentido de algo que habéis hecho o dicho sin pensar y de forma precipitada?

Voy a comenzar este post con una historia que leí una vez y que se le atribuye al autor motivacional norteamericano Robert Schuller:

“Recuerdo que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol seco y que creía muerto y lo cortó para poder quemar las ramas y calentar nuestra casa.

Pero más tarde, ya entrada la primavera, mi padre observó desolado que al tronco marchito de ese árbol le crecieron brotes verdes, ¡el árbol estaba vivo!

Mi padre se lamentó:

  • “Hijo, estaba seguro de que ese árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Hacia tanto frío, que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aun alentaba la vida…”.

Y volviéndose hacia mí, me dijo:

  • “Nunca olvides esta importante lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión rápida en tiempo adverso. Nunca adoptes las más importantes decisiones cuando estés en tu peor estado de ánimo. Espera… Se paciente…
    La tormenta pasará. Recuerda que la primavera volverá”.

 Tras contaros esta historia, os vuelvo a preguntar: ¿Cuántas veces os habéis arrepentido de una decisión tomada ‘en caliente’? ¿En cuántas ocasiones os habéis avergonzado de palabras pronunciadas en un momento de enfado? ¡Seguro que más de una vez!, ¿verdad? A todos nos ha pasado. Por eso, esta semana os invito a practicar la reflexión en todos esos momentos, a respirar profundamente, a contar hasta 10 o ¡hasta 20, si es necesario! antes de dar una contestación en ese instante en el que sabemos que no pensamos con la cabeza sino que nos dejamos llevar por un impulso repentino en un momento que, a menudo, no es siempre el mejor.

¿Y qué tenemos que hacer en esos momentos?

  • ¡Parar!
  • Respirar profundamente.
  • Y tomar distancia.

¡Sí! Ya sé que a veces puede resultar complicado, pero estos tres pasos nos van a permitir observar la situación por la que estamos pasando desde otro punto de vista. ¿A qué os resulta mucho más fácil aconsejar a un amigo cuando nos pide nuestra opinión sobre algo que no funciona bien en su vida que ver lo que no funciona bien en la vuestra y tomar una decisión? ¡Pues eso es lo que estamos haciendo al parar, respirar y tomar distancia! Estamos intentando observar lo que nos pasa desde fuera, desde esa situación privilegiada del espectador. Despojando a la situación -o, al menos, intentándolo- de toda la carga emocional del momento.

Estoy casi seguro de que la decisión reflexiva que adoptemos respecto a esta situación ¡siempre será más adecuada que la que hubiéramos tomado sin esa toma de consciencia previa! Porque cuando pensamos antes de actuar o de decidir estamos siendo más conscientes de lo que hacemos y, por supuesto, cuando tomamos una decisión de forma consciente lo hacemos teniendo en consideración sus pros y contras, las consecuencias que derivan de ella y lo que va a suponer para nuestro día a día.

Y casi lo mismo es aplicable a cuando nos detenemos a pensar antes de contestar de malas maneras en una discusión con nuestra pareja, con nuestros hijos o hijas, con nuestros amigos o con nuestros compañeros de trabajo… ¡Detengámonos y pensemos siempre en si lo que vamos a decir va a mejorar o va a agravar la situación en la que nos encontramos! Busquemos el objetivo principal y positivo con eso que queremos decir o hacer… y en función de esto ¡digámoslo! o ¡hagámoslo! De nuevo, paremos, respiremos y tomemos distancia.

Desde esta reflexión consciente vamos a ser capaces de dialogar. Se trata de que expliquemos nuestra postura. Así podremos escuchar el argumento de la otra persona y admitir que, en ocasiones, somos nosotros los que estamos equivocados o que ambas partes podemos tener parte de razón. Como consecuencia de la reflexión podremos negociar y así alcanzar acuerdos que, de otro modo, habrían sido imposibles. ¿No os parece?

Pero, además, cuando practicamos la reflexión estamos enriqueciendo nuestra vida. Porque nos permitimos parar -en un mundo en el que todo y todos vamos muy deprisa-, porque nos abrimos a nuevas opciones u opiniones que pueden ayudarnos a ser mejores personas, y porque somos capaces de escuchar al otro. Y, como siempre digo, la escucha y el tiempo es el mejor regalo que podemos hacer a los demás ¡y a nosotros mismos!

Así que, os invito a que la próxima vez que os encontréis ante una situación complicada, en un momento tenso, en el fragor de una discusión acalorada… hagáis estas tres cosas:

– Parad.

– Respirad profundamente.

– Tomad distancia.

Y, después, estaréis un poco más preparados para dar con la solución para ese conflicto o dificultad que se os ha presentado.

¿Os animáis a practicar la reflexión? ¿A pensar antes de actuar? ¿A escuchar antes de opinar?