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Solidaridad o cómo recibir más de los que das ¡siempre!

He tenido la suerte en multitud de ocasiones de participar en acciones de solidaridad de muy diversa índole. En poco más de una semana participo en Zaragoza en una Gala Solidaria organizada por la Fundación Lacus Aragón. Y os aseguro que cuando acabo de dar una conferencia en alguno de estos encuentros siempre ¡siempre! recibo mucho más de lo que doy. Y es que cuando somos solidarios siempre obtenemos muchísimo… la solidaridad se nos devuelve acrecentada, multiplicada y nos sentimos muy satisfechos.

solidaridad

Esta semana quiero hablaros de solidaridad, ese valor que puede hacer nuestro mundo, nuestra sociedad, un poco mejor si todos lo practicamos. Porque como os he dicho en multitud de ocasiones España es un país muy solidario. Somos muy generosos. Lo demostramos cada año en las cifras de donaciones de órganos o cuando se organiza un movimiento para ayudar en cualquier catástrofe. Somos capaces de tejer verdaderas redes sociales de colaboración para que nuestros vecinos no pasen dificultades, apoyamos como podemos la investigación para hallar remedios a enfermedades… ¡En definitiva! en España sabemos de solidaridad.

Pero en muchas ocasiones nos mostramos solidarios en momentos puntuales, en grandes temas, y olvidamos los pequeños actos de solidaridad que podemos practicar cada día y que están al alcance de todos. Y es en éstos en los que me gustaría fijarme por un momento. Se trata de actos cotidianos, como ayudar a un anciano a subir al autobús, ceder el asiento en el metro a ese hombre cargado de bolsas o indicar la dirección correcta a esa pareja con hijos que parece perdida en la ciudad. ¿Sabéis lo que logramos con esos pequeños actos, con esas pequeñas acciones que apenas nos cuestan nada?

En primer lugar, la satisfacción de sentirnos útiles. Ya hemos dicho que la solidaridad nos devuelve más de lo que damos. Y además está demostrado científicamente por la profesora Sonja Lyubomirsky, de la Universidad de California, a partir de una investigación sobre generosidad realizada en el año 2005 que concluyó que las personas que habían realizado un acto generoso a la semana (durante seis semanas) experimentaron un aumento significativo de la percepción de la felicidad y de satisfacción con su vida. De partida… ¡es un buen aliciente! ¿No os parece?

Pero, sobre todo, conseguimos que, tal vez, ese anciano hable con su mujer, con sus amigos, con su familia de ese pequeño gesto, de lo amable que fuiste…y transmita tu acción; que esa pareja con hijos ayude a otra persona a orientarse cuando estén en su ciudad o que ese hombre ceda su asiento en el autobús a alguien que lo necesite más que él. ¡Conseguimos que la solidaridad se contagie! Y alguien más se decida, en otra ocasión, a ayudar a un anciano o a una persona con dificultades ¡y consigamos una cadena de solidaridad! Porque los actos solidarios son contagiosos… ¡os lo aseguro!

Por eso os pido que cuando tengáis la oportunidad de realizar una acción solidaria, de brindar vuestra generosidad a otra persona ¡no dudéis! Porque el egoísmo, el ensimismamiento no nos lleva a ningún sitio. Para ilustrar esta última afirmación compartiré un cuento, una leyenda china, que creo que os puede ayudar a comprender la importancia de fijarse en el prójimo. Se titula, ‘Los palillos’.

“Cierto día, un sabio visitó el infierno. Allí, vio a mucha gente sentada en torno a una mesa ricamente servida. Estaba llena de alimentos, a cual más apetitoso y exquisito. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el gesto demacrado: tenían que comer con palillos, pero no podían, porque eran unos palillos tan largos como un remo. Por eso, por más que estiraban su brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca.

Impresionado, el sabio salió del infierno y subió al cielo. Con gran asombro, vio que también allí había una mesa llena de comensales y con iguales manjares. En este caso, sin embargo, nadie tenía la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre; respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. Y es que, allí, en el cielo, cada cual se preocupaba de alimentar con los largos palillos al que tenía enfrente”.

¿Qué os parece? ¿Os sumáis al movimiento para contagiar solidaridad? ¿Os animáis a arrimar el hombro para hacer nuestro mundo un poco mejor? ¡Os espero!

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