¿Sientes admiración por alguien? ¿Tienes la suerte de tener alguien cerca a quien admirar? ¿Del que aprender? Esta semana quiero que reflexionemos acerca de lo importante que es que aprendamos a mirar a los demás con admiración, a volver -en cierto modo- a cuando éramos niños y nos sorprendía lo fuerte que era nuestro hermano mayor o lo bien que leía cuentos nuestra madre. ¿Te atreves a recuperar este sentimiento hacia los demás? ¿A cambiar ese principio de envidia que a veces se nos intenta despertar por admiración? Te aseguro que practicando el reconocimiento por los demás, aprendemos de ellos porque nos empapamos de lo que han sabido hacer bien para conseguir esa vida que tanto nos gustaría llevar a nosotros.

Y, como siempre, he recurrido a una fábula para que nos ayude con esta reflexión. Es la fábula de ‘La serpiente y la luciérnaga’.

“Érase una vez una luciérnaga que volaba feliz y a su aire atravesando campos y bosques.

En el bosque, también había una serpiente que tenía mucha hambre.

Cuando la serpiente se encontró con la luciérnaga la miró con deseo, se le acercó e intentó comérsela…

Pero la luciérnaga, astuta y ágil, esquivó el ataque volando rápidamente hacia los árboles.

Lejos de darse por vencida, la serpiente seguía persiguiéndola por lo que la luciérnaga solo tenía una opción: seguir huyendo de la feroz depredadora cada vez más rápido y aunque tuviera cada vez más miedo…

Pasó un día entero y nada, la serpiente no desistía.

Dos días, y lo mismo.

Al tercer día, casi al límite de sus fuerzas, la luciérnaga paró y le dijo a la serpiente:

  • ¡Espera un momento! Sé que estás tan cansada como yo. Paremos un momento: ¿Puedo hacerte tres preguntas?

A lo que la serpiente contestó…

  • Normalmente no respondo a preguntas de mi futura comida pero me has intrigado así que está bien, te concedo el privilegio antes devorarte. Adelante, pregúntame.
  • ¿Pertenezco a tu categoría de alimentos?, preguntó la luciérnaga.
  • No, contestó la serpiente.
  • ¿Te he hecho algún mal?, siguió preguntando.
  • No, volvió a responder.
  • Entonces, ¿por qué quieres terminar conmigo?, prosiguió la luciérnaga.
  • ¡Porque no soporto verte brillar!, terminó diciéndole la serpiente.

Y, en el momento en que la serpiente hizo ademán de atacarla de nuevo, la luciérnaga, una vez más, hizo uso de sus alas… y volvió a escapar de la derrotada serpiente”.

¿Os dais cuenta? La serpiente sólo quería acabar con la vida de la luciérnaga porque era capaz de hacer algo que ella no podía ¡Porque no soportaba verla brillar! En el fondo, la serpiente admiraba a la luciérnaga, pero no se daba cuenta.

¿Cuántas veces hemos sentido ese pensamiento primario? ¿Ese deseo de que una persona deje de brillar sin más motivo que nos molesta su luz…? Porque es más fuerte, más brillante, más bonita que la nuestra.

¡Cuántas veces hemos dicho ‘si yo fuera como…’ ‘si tuviera esto, o lo otro’, ‘si pudiera ir a…’ !

¿Y si dejamos de compararnos? ¿Y si dejamos de ver los resultados y nos fijamos en el proceso? ¿Sabes cuánto le ha costado a esa persona conseguir llegar hasta donde ha llegado? ¿Sabes el trabajo que realiza cada día para estar dónde está? ¿Sabes de qué está hecha su luz? Porque cuando una persona brilla es porque tiene una luz interior hecha a base de muchos valores: amor, esfuerzo, dedicación, sencillez, compañerismo, disciplina… Y son todos estos valores lo que provocan esa luz que tanto nos gusta. Y cuando admiramos a esa persona, es cuando nos damos cuenta de ello. ¿Creéis que Rafa Nadal es sólo un buen tenista? ¡Por supuesto que no! Además de su técnica, reúne otros muchos valores que le hacen brillar, destacar, que nos provocan admiración y de los que podemos aprender: perseverancia, entusiasmo, esfuerzo… ¡tantas cosas!

¿Y si empezamos a admirar a esa persona que tenemos a nuestro lado en casa, en el trabajo, en la Universidad…? ¿Y si nos acercamos un poco hasta ella para poder alumbrarnos con esa maravillosa luz, para aprender como encender nuestra propia luz?

Os invito a modificar el sentimiento de la envidia -que tanto daño nos hace- por el de la admiración.

¿Por qué? ¿Para qué nos puede servir admirar a los demás?

Porque la admiración nos empuja a superarnos, a buscar el porqué. La admiración nos pone en movimiento, nos invita a actuar para saber cómo alcanzar eso que tanto deseamos, nos pone a trabajar para conseguir nuestros sueños. La admiración nos llena de sentimientos positivos (amor, alegría por la otra persona, reconocimiento positivo…), nos llena de luz.

Para terminar, me gustaría ofreceros algunas pautas para sentirnos bien con nosotros mismos y también para ejercitar la admiración hacia los demás:

  1. Analiza tu propia luz. Muchas veces tenemos un sinfín de cosas maravillosas que nos hacen brillar, pero no les prestamos atención. ¿Y si dirigimos el foco hacia nuestra luz en lugar de enfocarlo en la de los demás?
  2. Mira bien a tu alrededor. ¿A que ves personas que necesitan de tu ayuda? ¡Préstasela! La solidaridad es un valor que te va a ayudar a brillar con luz propia.
  3. Observa bien a esa persona que, tanto, admiras y aprende de ella. ¿Qué ha hecho para conseguir brillar con luz propia? ¿Cuál es su disciplina diaria? ¡Contágiate de su luz!
  4. Ahora que la conoces, que sabes cómo ha llegado hasta dónde está ¡ya puedes admirarla! Porque lo merece y porque eso te va a ayudar a ponerte en marcha para conseguir tu propia luz.

Y tú, ¿te animas a practicar la admiración? ¿Me cuentas a quién admiras?