¿Te atreves a cambiar para seguir creciendo? Son momentos de cambio, de transformación, ¿no os parece? Todos nosotros nos hemos visto obligados a cambiar algún aspecto de nuestra vida: el personal con los cambios en nuestras rutinas diarias de ejercicio, paseos, viajes al trabajo y por trabajo; el de las relaciones familiares o con amigos con la introducción de los encuentros virtuales que nos han hecho más amenos los días más duros del confinamiento; o el laboral con la introducción del teletrabajo y las conferencias y cursos online a las que muchos nos hemos sumado. 

Y vosotros, ¿os atrevéis a cambiar para seguir creciendo?

Como cada semana, ilustraré con una fábula este post en el que quiero que reflexionemos acerca del cambio, de esa transformación que no tiene por qué hacernos perder nuestra verdadera esencia. Se llama ‘La parábola del río y el desierto’.

“Cuenta una parábola que un río, después de haber recorrido un trayecto de montes y campos, llegó a las arenas de un desierto y, de la misma forma que había intentado cruzar otros obstáculos que había hallado en el camino, empezó a atravesarlo. Pero, de pronto, se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en la arena tan pronto como entraba en ella. Aun así, estaba convencido de que su destino era cruzar el desierto, pero no encontraba la forma de hacerlo.

Entonces oyó una voz que decía:
– El viento cruza el desierto y también lo puede hacer el río.
– Pero el viento puede volar y yo no. En cuanto lo intento, soy absorbido por la arena.
– Si te lanzas con violencia como has hecho hasta ahora -continuó la voz- no conseguirás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en pantano. Debes dejar que el viento te lleve a tu destino.
– Pero ¿cómo es posible hacer eso?
– Debes consentir ser absorbido por el viento.

Esta idea no era aceptable para el río que se mostraba contrariado. Nunca había sido absorbido y no quería perder su individualidad.
– ¿Cómo puedo saber con certeza si una vez perdida mi forma, la podré volver a recuperar?
– El viento cumple su función. Eleva el agua, la transporta a su destino y la deja caer en forma de lluvia. El agua vuelve nuevamente al río.
– Pero ¿no puedo seguir siendo siempre el mismo río que soy ahora?
– Tú no puedes, en ningún caso, permanecer siempre así -continuó la voz-. Tu esencia es transportada y forma un nuevo río.

El río no lo veía claro, pero tampoco quería ser pantano o desaparecer. Así es que, en un acto de confianza hacia esa sabia voz misteriosa, elevó sus vapores hasta los acogedores brazos del viento, quien, gentil y fácilmente, lo elevó hacia arriba y muy lejos, volviendo a dejarlo caer en la cima de una montaña, muchos kilómetros más allá.

El río sorprendido, al fin entendió el fenómeno que se estaba produciendo:
– Mi esencia es el agua, sea en el estado que sea. La transformación me ha permitido continuar siendo el mismo. Si no me hubiera transformado, me hubiera perdido.

Todos, como el río, debemos aceptar que es preciso cambiar y transformarnos para proteger y mantener nuestra esencia”.

Transformarnos para proteger y mantener nuestra esencia. ¡Me quedo con esa frase! ¿Y vosotros? Me parece que es el objetivo que la mayoría de nosotros tenemos durante estos días. Somos conscientes de que tenemos que cambiar, que hay que pasar a la acción, que hemos de hacer lo que hemos hecho hasta ahora de manera diferente, pero que no queremos perder nuestra esencia.

Los profesores han tenido que aprender a gestionar su trabajo desde casa, sin las voces de los alumnos, sin sus risas, ni sus preguntas, sin sus travesuras… los niños, adolescentes, universitarios se han visto obligados a sentarse horas y horas ante un ordenador, sin la compañía de sus amigos, sin la palmada motivadora del profesor, sin el tiempo de descanso compartido; en miles de oficinas se han multiplicado las videoconferencias, hemos aprendido a impartir ponencias desde casa, cursos de formación a plantillas de empresas que vemos a través de esa ventana que es nuestro ordenador, nuestra tablet…nos hemos reunido en familia por diferentes plataformas para disfrutar, de esa forma, del placer de estar juntos.

Y ¡por supuesto! Claro que nos da un poco de miedo. A todos.

Todos los cambios asustan, pero en este momento tenemos que ser valientes para no quedarnos amarrados a puerto y, por tanto, no avanzar. Y, sobre todo, tener muy claro que esa transformación no tiene por qué cambiar nuestra esencia. Ese maravilloso maestro, seguirá siéndolo en la distancia. Porque se dará cuenta de que hay que llamar por teléfono a ese alumno al que ve bajo de moral o con dificultades. Nada habrá modificado su esencia, su amor por la docencia. Ese tendero del barrio que no puede abrir su papelería, pero que siempre se ha preocupado de tener listo todo lo que necesitas, seguirá a tu disposición para llevarte esos rotuladores, esas hojas que necesitas para ti o para tus hijos. Su actitud de servicio, su esencia, no habrá cambiado, aunque se haya transformado para poder cruzar ese río embravecido. Los cientos y cientos de profesionales que se han visto obligados a limitar el aforo de sus negocios, a exigir medidas sanitarias extraordinarias te recibirán con la sonrisa en sus ojos para atenderte como siempre lo han hecho. El cariño familiar, que antes tocábamos con caricias, besos y abrazos, hemos aprendido a lanzarlo virtualmente recogiéndolo con el corazón y manteniendo así su esencia amorosa.

Nos transformamos, ¡sí!, con la incertidumbre y la incomodidad que provocan los nuevos comienzos, pero lo hacemos para seguir creciendo y ¡sobre todo! para mantener nuestra esencia.

Y tú, ¿te atreves a cambiar para seguir creciendo?