Esta semana voy a reflexionar sobre el trabajo en equipo. Y quiero comenzar el post con mi más sincera felicitación a la Selección española de Baloncesto ¡sí! Enhorabuena por la victoria, por la ilusión que han contagiado durante este Mundial, por el buen hacer y por ¡el maravilloso ejemplo de trabajo en equipo! Un trabajo en equipo orquestado por un magnífico ejemplo de líder, el seleccionador nacional.

Creo que el ejemplo de trabajo en equipo es evidente para los que vimos los partidos de esta Selección Nacional de Baloncesto. Compenetración, saber hacer, generosidad… No puedo decir mucho más de todo lo que ya se ha dicho, pero ¿cómo podemos aplicar esta enseñanza a nuestra vida diaria?

Os voy a formular un par de preguntas para continuar con la reflexión:

– ¿Formáis parte de un equipo de trabajo?

– ¿Sois los responsables de un equipo?

Si la respuesta es ¡sí! a cualquiera de las dos preguntas, os invito a que leáis esta historia de autor desconocido que leí hace un tiempo en la Red.

“Había una vez un hombre joven que formaba parte de un equipo de trabajo de una fundación, pero un día, sin ningún aviso, dejó de participar en todas sus actividades.

Después de algunas semanas sin que el joven volviera ni telefoneara para explicar su ausencia, una noche muy fría el líder de aquel grupo de voluntariado decidió visitarlo.
Encontró al hombre en casa, solo, sentado frente a una chimenea donde ardía un fuego brillante y acogedor. Adivinando la razón de la visita, el hombre dio la bienvenida al líder, le acercó una confortable butaca a la chimenea y se quedó quieto, esperando que el líder le preguntara el motivo de su ausencia.

Se hizo un grave silencio. Los dos hombres sólo contemplaban la danza de las llamas en torno de los troncos de leña que crepitaban, casi inmóviles, atrapados por la belleza del fuego.

Al cabo de algunos minutos, el visitante, sin decir palabra, examinó las brasas que se formaban y cuidadosamente seleccionó una de ellas, la más incandescente de todas, retirándola a un lado del brasero con unas tenazas. Volvió entonces a sentarse y permaneció silencioso e inmóvil.
El anfitrión prestaba atención a todo, fascinado pero inquieto porque no comprendía tanto silencio y se sentía un poco culpable por haber dejado al equipo.

Al poco rato, la llama de la brasa solitaria disminuyó, hasta que sólo hubo un brillo momentáneo y el fuego se apagó repentinamente. En poco tiempo, lo que era una muestra de luz y de calor, no era más que un negro, frío y muerto pedazo de carbón recubierto por una leve capa de ceniza.
Muy pocas palabras habían sido dichas desde el ritual saludo entre los dos compañeros.
El líder se levantó, pero antes de prepararse para salir, con las tenazas blandió el carbón frío e inútil, colocándolo de nuevo en medio del fuego. De inmediato se volvió a encender, alimentado por la luz y el calor de las brasas ardientes que lo rodeaban.

Cuando, finalmente, alcanzó la puerta para irse, el joven anfitrión lo tomó del hombro, lo miró a los ojos y le dijo:

-Gracias por tu visita y por tu lindísima lección. Volveré a ser parte del equipo”

El joven había comprendido que para brillar necesitaba, como el carbón, ser parte del equipo. Y el líder, a su vez, había demostrado que todas las piezas son necesarias porque sin una de ellas, el acogedor fuego deja de calentar, de asombrar por su belleza.

Cuando uno de los miembros de un equipo se retira, el trabajo se ve afectado. Por eso, es tan importante la existencia de un buen líder que mantenga cohesionados a sus miembros.

¿Y cómo hacerlo?

Veréis, es importante hacer ver al equipo de trabajo de una empresa que todos los que lo conforman son importantes, que el trabajo de todos es imprescindible para que la máquina, el engranaje ¡funcione!

Y el ejemplo más inmediato al que puedo referirme es el ejemplo con el que he empezado este post:

  • ¿Creéis que España hubiera sido campeona de baloncesto si cada uno hubiera jugado por su lado? ¿Si sólo hubieran pensado en destacar de manera individual?

¡Por supuesto que no!

Cada miembro del equipo es esa brasa que el resto necesita para que el fuego esté vivo. Pero, a la vez, cada miembro necesita del equipo para conseguir un fuego acogedor, vivo, que cumpla con su función: calentar…

¿Os imagináis un equipo de remo en el que cada uno remara a su aire, en direcciones diferentes o a distinto ritmo? O ¿una orquesta en la que cada uno tocara a su ritmo haciendo caso omiso a las indicaciones del director? ¿o a un director de orquesta que sólo se dedicara a marcar el compás de los instrumentos de aire dejando de lado al resto? ¿Verdad que no?

Y ¿qué hay que hacer para saber liderar un equipo?

– Generar confianza para comunicar cualquier cosa, para detectar cualquier posible fisura teniendo claro que lo importante es el equipo y no personalizando las cuestiones.

– Desarrollar empatía, (comprender el punto de vista del otro), utilizar la asertividad como herramienta imprescindible para una buena comunicación con el equipo.

– Conocer bien a los miembros para poder distribuir adecuadamente las tareas.

– Saber delegar para que todos aprendan, crezcan y aporten valor al equipo. Una faceta importante sería, desde la humildad, reconocer y detectar qué personas tienen competencias, en función de la tarea, más desarrolladas que otras y darles a éstas ‘espacio’ para que asesoren al resto.

– Integrar y respetar las diversas personalidades para aprovechar lo mejor de cada una.

¿Y para ser un buen componente del equipo?

-Generosidad para compartir tu trabajo con el del resto.

-Humildad para admitir nuestras equivocaciones y reconocer el valor que aportan al equipo los otros miembros.

-Empatía para conectar con el resto de integrantes de la organización y detectar, a la vez que respetar, sus necesidades.

Y en ambos casos, escuchar…. tanto si eres el líder de un equipo como si formas parte de uno.

Os aseguro que en la Selección Española de Baloncesto existen todas estas cualidades, ¿no os parece?

Y vosotros, ¿os identificáis con alguna de ellas? ¿Os consideráis un buen líder? ¿Os consideráis un buen miembro del equipo?