Es el momento de volver a ilusionarnos por las pequeñas cosas, ¿no os parece? Creo que todos, a lo largo de esta crisis del Coronavirus, nos hemos dado cuenta del valor de las cosas, situaciones, momentos,… a los que no dábamos importancia y que tanto hemos echado de menos. ¿Os suena? Una reunión con los amigos, un paseo tranquilo con tu mascota, un abrazo a tus padres, un momento de confidencias en un bar… Pequeñas cosas que hacen que la vida sea extraordinaria.

¿No creéis que ha llegado el momento de volver a ilusionarnos con todo lo que tenemos?

Para este post, he querido recuperar un cuento que escuché en una ocasión a Jorge Bucay y que trata, precisamente de eso, de ‘Disfrutar con lo que tenemos’.

“Había una vez un anciano maestro que lloraba sentado en la cálida arena de una aldea en Oriente. Se lamentaba de manera constante sin encontrar consuelo. Entonces, apareció uno de sus discípulos y, extrañado, le preguntó:

  • Maestro, ¿por qué llora? ¿Puede servirle de ayuda?

A lo que el anciano respondió:

  • Mi llanto es por el dulce de higos…

Ante la atónita mirada del discípulo, el maestro continuó con la explicación:

  • Verás, mi madre hacía un dulce de higos magnífico, el mejor que nunca he probado. Todavía cuando recuerdo su sabor, me saltan las lágrimas del placer. Pero no lo puedo hacer.
  • ¿Es que no tienes la receta?, preguntó el joven.
  • ¡Claro que la tengo! La receta ha ido pasando de generación en generación en la familia. Además, contemplé a mi madre cocinándolo en muchas ocasiones…
  • ¿Entonces?, se interesó el discípulo
  • Verás, es imposible… nunca consigo reunir todos los ingredientes. Cuando tengo la olla no tengo fuego. Si tengo fuego y la olla, me falta el azúcar. Y cuando he tenido estos tres elementos, no es época de higos… Siempre me falta algo, se lamentó el anciano maestro. Y añadió: Pasa como las fiestas… muchas personas no disfrutan porque siempre hay un detalle que les falta.

Al discípulo, taciturno, sólo se le ocurrió decirle al maestro que rezaría con todas sus fuerzas para que consiguiera reunir todos los ingredientes necesarios.

Sin embargo, el maestro -reflexionando un momento acerca de la conversación que acababa de mantener con el joven- pensó en voz alta:

  • He decidido que voy a disfrutar del dulce de higos con los elementos que tenga, aunque me falte alguno para completar la receta de mi madre, ¡no vaya a ser que cuando reúne todos los ingredientes, el que no esté sea yo!”

Creo que este cuento nos da una maravillosa lección, ¿no os parece? Una lección que debemos aplicarnos todos, al menos una vez en la vida, y que es adecuada para estos tiempos de crisis que estamos viviendo y es que disfrutemos ya con lo que tenemos porque no sabemos si, en algún momento, lo echaremos de menos.

Hace un tiempo, escribí un post en el que os hablaba de la felicidad de las pequeñas cosas. ¿Os acordáis? En el post contaba, a partir de vuestras propias experiencias, las cosas que nos hacen felices… Entre ellas, quiero destacar algunas: leer un buen libro, atrapar los primeros rayos del sol de la primavera, reuniones de amigos de los viernes que anuncian el fin de semana, oler la hierba mojada. Y hoy añadiría, la sonrisa de los que te quieren, esa mirada cariñosa que recoges de alguien que te cruzas por la calle…

¡Cuántas cosas! Muchas de ellas no las valorábamos. Es ahora -cuando nos faltan- cuando nos hemos dado cuenta de lo importantes que eran.

Os planteo un reto, como cada semana, ¿qué tal si empezamos a disfrutar de verdad esas pequeñas cosas?

-Y si ahora, que ya hemos comprobado lo que es estar sin poder abrazar a las personas que queremos,… en cuanto podamos, vayamos corriendo a darles un abrazo…¡qué maravilla poder disfrutarlo!

-¿Qué vamos a hacer para disfrutar al máximo de esas quedadas de amigos que ya habíamos añadido a nuestra rutina durante la semana? ¿Os imagináis el disfrute de esa primera quedada?

-¿Qué camino elegiremos para pasear tranquilamente, a la hora que nos apetezca, por dónde queramos, solos o acompañados…?

-¿Cómo disfrutaremos de ese primer baño en el mar? ¿Del olor a sal, de la arena caliente y fina?

En definitiva, ¿cuántas cosas que hasta ahora han pasado desapercibidas pueden ser ahora el motivo principal de nuestra felicidad? ¿Por qué no aprendemos a perpetuar ese disfrute? ¿Por qué no aprovechamos para recuperar esas sensaciones más a menudo?

Mirad, uno de los principales enemigos de la felicidad es no darnos cuenta de los regalos que la vida nos hace cada día. Somos muchos los que tenemos que pasar por un duro trance para saborear la vida. Ahora, tras esta crisis que atravesamos, ¿cambiamos a modo disfrute? ¡Sí! A modo disfrute de esas pequeñas cosas que nos regala la vida a diario: despertar cada mañana con tu familia, desayunar un café humeante, el olor a tostada, la luz que entra por nuestras ventanas, ese rato de desconexión con un buen libro en las manos… ¿Se os ocurren más? ¡Seguro que sí!

Pero, sobre todo, ¡no esperéis a que pase algo, a mañana, a que… para empezar a disfrutar! Tomad ejemplo del sabio del cuento y tomar consciencia de que la vida no para, que cada día -las 24 horas- son un maravilloso regalo y que es nuestra misión disfrutarlo.

Quiero terminar con una cita de Jean Paul Sartre:

“Nada ha cambiado y, sin embargo, todo existe de otra manera”

¿Aprovechamos esta nueva existencia, esta nueva etapa para disfrutar de las cosas más pequeñas que nos llenan de felicidad? ¿Te atreves? ¿Me lo cuentas?