Ayudar. Acompañar. Cuidar… Esta semana quiero reflexionar acerca de la necesidad que tenemos de ayudar a otros y de recibir ayuda de otros, una de las características que nos definen como seres humanos que vivimos en una sociedad civilizada.

¿Estás dispuesto a ayudar a los que lo necesitan? ¡Seguro que sí! Pero, ¿sabes cuánto bien te hace prestar esa ayuda?

Para comenzar, como cada semana, me remito a contaros una historia que leí hace algún tiempo y que he vuelto a releer con motivo de la pandemia de COVID-19 que estamos viviendo.

“Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler.

Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado.

Mead explicó que, en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a beber o buscar comida para sobrevivir. Eres carne de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane.

Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con la persona que se lo rompió, ha vendado la herida, le ha llevado a un lugar seguro y le ha ayudado a recuperarse.

Mead dijo que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización”.

Esta reflexión, que me parece preciosa, nos puede ayudar a comprender nuestra esencia, lo que nos ayuda a diferenciarnos y lo que nos hace más humanos: ayudar a los demás a sobrevivir o a vivir más plácidamente, más cómodos, en definitiva, a llevar una vida más agradable y armónica. ¿Y cómo podemos lograrlo? ¿Cómo podemos conseguir que la vida de los que nos rodean sea mejor, más próspera, más cómoda…?

En mi opinión, lo principal en esta tarea es escuchar. Este sería el primer paso. Para poder atender a las necesidades de los demás es prioritario conocerlas. Y, para ello, hemos de aprender a escuchar a nuestros seres queridos. Dedicarles nuestro tiempo. Este es el regalo más valioso que podemos hacer a los que amamos. Pero ha de tratarse de tiempo de calidad. Se trata de regalar eso tan valioso que tenemos para conocer un poco más a los demás, descubrir sus sueños y ayudarles a conseguirlos. ¿Qué os parece? Este sería nuestro primer reto de esta semana:

-Dedicar tiempo de calidad a los que nos rodean.

Una vez conocemos las necesidades de los que nos rodean. ¿Cómo podemos ayudarles a conseguirlas? Os aseguro que el sencillo gesto de escuchar ¡ya habrá servido de mucho! Para algunas personas, el poder contar aquello que les inquieta, que les preocupa ¡ya les supone un alivio! Sentirse escuchado, comprendido, querido y que le importas a otra persona ¡les da las fuerzas necesarias para continuar! En este segundo paso en nuestro proceso de ayuda, hemos de pensar en qué podemos hacer nosotros por esa persona, qué conocimientos, qué experiencia podemos aportar para facilitarle el camino: acompañarle en el proceso que inicia, colaborar en su proyecto…, las distintas formas de prestar ayuda surgirán en función del momento. Nuestro segundo reto de esta semana sería:

-Aportar lo que YO tengo para facilitar el camino a esa persona querida.

Por último, y para marcar el tercer reto de esta semana de septiembre, debemos saber que el camino del acompañamiento no será fácil. Habrá altibajos. Recaídas. Momentos en los que nosotros tampoco nos sintamos fuertes y nos sea difícil ayudar. Por eso, el reto en este momento será el de permanecer al lado de esa persona ¡siempre! El apoyo incondicional y a cambio de nada. Simplemente porque lo hemos querido así.

-Permanecer al lado de la persona que tanto nos necesita pese a los altibajos.

¿Os animáis con estos tres retos?

Si la respuesta es ¡Sí!, os quiero decir que los primeros beneficiados en todo este proceso somos nosotros mismos. Porque cuando somos conscientes de que estamos ayudando, apoyando a otro…, estamos consiguiendo que la vida de otras personas sea mejor porque nosotros estamos en ella y podemos llegar a sentirnos plenos. Y el bienestar que hemos prestado, ¡se nos devuelve multiplicado! Os lo aseguro: ¡haced la prueba!

¿Cómo os sentís en ese instante en el que un simple gesto de ayuda, de apoyo, de ánimo, arranca una sonrisa o un tímido gracias del otro? Pues cuando acompañamos a otra persona en un proceso difícil y le ayudamos a transitar ese camino, esa sensación de bienestar, de satisfacción… ¡se multiplica!

¿No es maravilloso?

Yo creo que sí. Que vale la pena. Y que en estos tiempos de incertidumbre que afrontamos, en esta etapa tan complicada es el momento de poner nuestro granito de arena, el momento de implicarnos, de conocer las necesidades de los que nos rodean y de procurar -en la medida de nuestras posibilidades- hacerles la vida más sencilla, más fácil, más agradable… ¿no os parece?

Esta semana os invito a practicar la máxima de: Ayudar para Vivir ¿Os atrevéis?