Desaprender para aprender. ¡Sí! No solo es posible, sino que es necesario. Esta semana en el post quiero reflexionar acerca de la necesidad que tenemos de hacer espacio en nuestra mente para poder llenarla de nuevos conocimientos e ideas que nos ayuden a llevar una vida más plena.

¿Te animas a reflexionar conmigo?

Como ya sabéis los que me seguís, comenzaré este artículo con una historia. En esta ocasión, con una leyenda acerca de un guerrero y un maestro zen que leí hace algún tiempo y que me viene a la cabeza en muchas ocasiones.

“Cuenta la leyenda que un viejo maestro zen estaba bebiendo té tranquilamente cuando un guerrero llamó a su puerta. Azorado por haber subido corriendo los muchos escalones que llevaban a la puerta del anciano, el guerrero se sentó frente a su anfitrión tan pronto pudo. Devoró con ansia las bolas de arroz que el maestro le ofrecía como cortesía y, con la boca aún llena, comenzó a explicar todos los títulos y trofeos que había acumulado con los años.

El guerrero era joven, pero se había dedicado con mucha pasión a sus tareas, por lo que atesoraba suficientes relatos y galardones como para mantener al anciano escuchando mientras el sol caía y se fundía con el lomo de las montañas. Ya era noche cerrada cuando el joven guerrero terminó de contar sus hazañas. 

“Maestro” -dijo entonces- “He venido a que me enseñe los secretos del conocimiento zen”.

El anciano venerable le miró por encima de sus lentes de media luna y calló. En silencio, ofreció al guerrero una taza de té y comenzó a verter el líquido de una tetera pequeña y reluciente. Con aire distraído, como sin darle mayor importancia, sirvió el té hasta que la infusión rebosó la taza, derramándose por el costado del recipiente y manchando el mantel, la mesa y el suelo.

“¡Maestro! ¡La taza ya está llena, no puede seguir sirviendo té!”, advirtió alarmado y sorprendido el impulsivo guerrero.

“Exacto” -respondió el anciano maestro- “Usted ha venido a mi casa para estudiar mis artes, pero ya trae la taza llena, ¿cómo creyó que podría aprender algo?”

Ante el silencio confundido y avergonzado del guerrero, el maestro prosiguió con tranquilidad: 

-“A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada”.

La leyenda continúa diciendo que aquel guerrero aprendió humildemente a liberarse del peso que traía y, con los años, llegó también a ser un maestro del zen. Tal vez incluso bebía té contemplando el atardecer en las montañas, esperando al próximo guerrero impulsivo que tocase a su puerta, con el corazón inquieto y la taza llena”.

Mirad, cuando somos niños aprendemos muy deprisa, somos capaces de absorber un montón de conocimientos y, poco a poco, vamos llenando nuestra taza. Tenemos mucho sitio vacío para asimilar todo lo nuevo que la vida nos ofrece a diario.

Cuando somos adultos, esa taza está llena, pero no sólo de conocimientos sino también de prejuicios, de ideas preconcebidas que nos impiden avanzar. Y, si queremos aprender, debemos deshacernos de ellas. Liberarnos y vaciar nuestra taza. Y en eso consiste desaprender para poder aprender cosas nuevas, para acoger nuevas ideas que nos van a impulsar y nos van a mantener con la curiosidad de los niños, con ganas de descubrir cosas nuevas, con el espíritu joven…

Y ahora, me gustaría haceros una pregunta:

  • ¿Cuándo fue la última vez que os abristeis a aprender algo nuevo?

En esta época que hemos pasado de confinamiento por la COVID-19 somos muchos los que nos hemos tenido que poner al día con las nuevas tecnologías, ancianos que han descubierto que el móvil era el mejor instrumento para poder ver la cara de sus nietos, hablar con sus hijos… Hemos tenido que desaprender, ¡sí!, liberarnos de prejuicios, de miedos, de limitaciones irracionales… vaciar nuestra taza para llenarla de nuevos conocimientos.

¿Y sabéis una cosa? ¡Muchas personas se han sentido muy satisfechas por ser capaces de enfrentarse a esos miedos que les impedían avanzar! Abuelos que presumen ante sus nietos de la destreza que han adquirido con el móvil, trabajadores anclados en el presentismo que han conseguido adaptarse con éxito al teletrabajo, docentes que han buscado la mejor manera de motivar a sus alumnos en la distancia…, que han tenido que olvidarse de las clases tradicionales, entrenadores que han cambiado el espejo del gimnasio por la cámara del móvil, empresarios que han parado su cadena de montaje para ofrecer su maquinaria para crear material sanitario: desaprender para aprender.

¿Y si aprovechamos ese entrenamiento casi obligado para seguir aprendiendo?

Mientras aprendemos siempre nos mantenemos con el espíritu joven. Además, nos cuestionamos y nos liberamos de miedos, prejuicios, limitaciones y renovamos el contenido de nuestra taza. Os invito a seguir entrenando este verano, hasta que vaciar nuestra taza periódicamente se convierta en un hábito de nuestro día a día para, así, siempre tener un hueco para todo lo nuevo que nos va a ayudar en nuestra vida.

¿Te animas a desaprender para seguir aprendiendo? ¿Me cuentas tu experiencia?